martes, 10 de junio de 2008

Lua.-



Lúa, confiesa que has sido infiel muchas veces y que sigues sin arrepentirte de nada, eso te hará bien, no pasa nada, nunca pasa nada cuando no pasa nada nunca. A mi no me importa. Decídete ya, y verás qué calma obtienes. Toma una decisión ahora, y después vendrán todas las demás.
Esta mañana Lúa, te has levantado y sin ganas de nada, como una autómata, antes de hablar con nadie, te diriges a la ducha. El agua es de las pocas cosas que admites en días como éste. El tiempo que transcurre sin prisas bajo el agua es diferente. Al salir de la ducha, notas tu cuerpo con un cierto equilibrio pero las ideas aún dispersas. Te vas dando esa cremita hidratante tuya, o lo que sea que haya en ese bote de formas insinuantes, te frotas por todo el cuerpo con extremada delicadeza, sin que nada de lo que te rodea te preocupe en estos instantes.
Ahora estás peinada sin esmerarte demasiado, con ese pelo tan largo, tan rojizo y tan rizado pocas cosas se pueden hacer. Tú lo sabes y no pierdes el tiempo en minucias estéticas de ese tipo. Te colocas en un instante el amplio vestido de seda pintado a mano, luciendo todos los colores del arco iris; sobre tu inmensa melena leonada prendes caprichosamente unas cuantas y frágiles mariposas, artesanales, de corcho casi transparentes, ésas que sólo usas cuando estás como hoy. Según tú son las mariposas de la melancolía. También sueles decir que te ayudan a pensar cuando, sin saber qué hacer, estás frente a un cruce de caminos, repleto de enigmas y decisiones que tienes que tomar tú sola, o peor aún y dicho de otra manera, que si tú no decides deciden por ti. Entonces dejas de pensar y escuchas los consejos de tus mariposas. Las mariposas de la melancolía. No siempre aciertan en sus consejos, pero nunca les reprochas nada. Siempre vuelves a intentar escuchar sus consejos.
Ya te has puesto tus viejas y más que usadas sandalias de cuero a tiras. Pero siguen brillantes, huelen a esa cremita que utilizas al salir del baño; son los restos que quedaron en tus manos, una vieja costumbre que aprendiste de alguien al que no puedes, ni quieres ya recordar. Te doy la razón, no merece la pena. Sin pendientes, sin maquillaje, sin reloj, ni pulseras, ni anillos, hoy no es día para más añadidos inútiles y superfluos. Con las llaves en una mano y ese pequeño bolso en la otra. Tú bien sabes, Lúa , la envidia que les das a tus amigas. Un bolso que conjunta con tu vestido y que al colgarlo casi desaparece. ¡ Mi bolso mágico favorito!, sueles decir, y tú ríes, cuando surge la conversación tan a menudo. Por fin ya dispuesta, preparada, sin más cosas; para qué, cierras la puerta sin despedirte. Sin mirar atrás. El día de hoy no es el mejor de todos tus días pero tampoco es el primero así.
Vas caminando por una inmensa ciudad que sientes bajo tus pies, pero no creas que está contigo. Tampoco contra ti. Caminas sobre ella como podrías estar caminando sobre cualquier otro lugar. Poco a poco te rodea y te va envolviendo y tú continúas ignorándola. Ella por su parte no hace esfuerzos para que te acerques y la preguntes ¿Qué tal la mañana, querida ciudad?.

En las ciudades se camina distinto que en cualquier otro lugar. Las ciudades, hoy, son alfombras de sucio asfalto y no hay manera de olvidarlo, Lúa, por mucho que se empeñen en disfrazarlas de verdes aterciopelados, de modernos neones y de farolas centenarias. Pero eso ahora no te preocupa. Caminas sin rumbo, con desgana, con ese pelo todavía mojado que derrama aún gotas, sobre tu rastro incierto, creando un simulado y bello rocío a tus espaldas. Cualquier calle puede servirte para continuar, mientras en silencio tratas de escuchar las mariposas de la melancolía que nada nuevo te cuentan esta mañana.
Sin embargo y a pesar de todo, Lúa, sigues siendo mujer de costumbres. Comienzas a caminar con urgencia, buscando repentinamente, y a ciegas lo que notas que te falta. Es la hora del café. Has escapado con tantas prisas y podrías seguir andando hasta el infinito, cabizbaja, como ausente. Pero es la hora de la dosis de cafeína, con un buen zumo y algo dulce, por descontado. No puedes evitar tener que tomar una decisión. ¿En qué maldito bar me tomo yo ahora un café ?. Podrías cerrar los ojos y entrar en el primero que vieras. Podrías arrepentirte nada mas cruzar sus puertas y volver a salir huyendo sin rumbo fijo, una vez más. Podrías arrojar una moneda pero el azar no siempre resuelve las decisiones, sean o no importantes. Podrías preguntar y tal vez no te respondieran. No esperes respuesta de las mariposas, ellas no saben de granos tostados y molidos por las manos del criollo en tierras lejanas.
Siempre, lo más sencillo de todo Lúa, es dejarse llevar. Te has dejado llevar y esta vez te ha resultado. Ahora, al instante, hueles a café recién molido. Un olor que aparece en escena sin buscarlo. No serás selectiva ni extremadamente exquisita; tampoco hoy pedirás demasiado. Te conformas con seguir el rastro oloroso, casi a tientas. Como si una mano invisible te hubiera atrapado con delicadeza y te empujara amablemente. Y ahora te encuentras ahí, parada, frente a un viejo café sin nombre porque tú ni siquiera lo aprecias. Un superviviente anónimo en una ciudad desconocida, que ni te quiere ni te deja de querer. ¿Te odia tal vez?. ¿Te ignora?. No es lo que te preocupa en estos momentos, sin duda.
Estás ya cruzando sus puertas sin preguntarte nada mas, para qué. Sin sospechar lo mas mínimo, sin miedo, despreocupada e indiferente. Ante ti un viejo bar, tal vez distinto a todos los demás y tú sigues sin apreciarlo. Igual a otros tantos de cientos por los que pasaste antes. Pero distinto. Madera de roble, con marcas por doquier, sobada de más; objetos de alpaca diseminados, granito pulido añejo y un ambiente cargado con objetos, todos ellos fechados, enmarcados y que cuentan parte de nuestro pasado. Manteles de encaje y flores secas de colores. Bajo tus pies mientras avanzas hacia la barra. No tienes otra posibilidad, el suelo cruje con alaridos de madera herida, tablas contra tablas que se abrazan para tratar de protegerse de tanto cliente insensible o distraído que las pisotean a diario. Pero tú sólo piensas en no tener que pedir otra cucharilla, deseas que esta vez no se te caiga al suelo, es uno de tus defectos más habituales. Sueles decir que tienes todos los defectos del mundo, y una sola virtud: la de saber reconocerlos todos y cada uno; la mayoría de las veces a tiempo. Esa humilde y sincera verdad siempre te acompaña porque así lo quieres tú. Lúa.
Ahora, ha llegado el momento de tus primeras palabras esta mañana. Ves un camarero, pajarita en cuello que le baila, paño en ristre, seguramente con tantos recuerdos como el viejo local, que mima cada vaso como a su primera novia. No te importa que su mirada pueda parecerte lasciva, es tan mayor que ya ni tendrá recuerdos libidinosos. Cara aguzada y reseca, tiene algunas escamas como las de un viejo lagarto. Nariz aguileña mozárabe. Planta estirada, de pellejos colgantes, fláccidos y arrugados. No tiene grasa ni siquiera en la suela de sus zapatos, aunque no alcances a verlos. No termina los afeitados como antaño. Sin duda teme a sus manos temblorosas. Hay un reguero de pelos diseminados por su barbilla que así lo atestiguan. Su aspecto no te impresiona porque tú has entrado a lo tuyo y nada más. Te lanza un seco y cortante “¿Qué va a ser señorita?”. Deseas un desayuno señorial, un desayuno VIP, que te mime, con vaso de agua helada incluido. Sin preguntas, sin miradas, sin intromisiones de ningún tipo. Y después, un adiós ligero que la ciudad es grande y el día acaba de comenzar para ti. Pero terminas pidiendo un café solo, sin más. Lo demás sería un esfuerzo que no estás dispuesta a soportar, incluida la leche. No soportarías tener que decidir si caliente, templada o fría.
Qué otra cosa podrías hacer en este café solitario, casi en penumbra. Ante un viejo camarero, casi seguro que amargado y cascarrabias, que no sabes muy bien cuáles son sus intenciones. Derrotada por la situación, una vez más, como tantas otras. Te alejas hacia una mesa lejos de la barra. Das la espalda y no te tiembla el pulso pero no estás orgullosa por lo que acabas de hacer. Te retiras en silencio, hoy de poco te sirven las mariposas que silenciosas parecen querer esconderse en tu pelo ya enredado, como siempre.
Amargo café en la penumbra más silenciosa. Y tú sigues con el pelo húmedo. Sigues siendo la misma de ayer, y sin embargo, tan diferente. Lo tomas de un solo trago como aquel viejo aceite de ricino pero sigues echando algo de menos en estos momentos. Tú también dices muchas veces que lo tuyo con el tabaco no es vicio. Es saber escoger el momento. Y ahora necesitas una de esas profundas caladas para tragarte todo lo que no eres capaz de decidir. Sólo fumas uno al día. Desde hace tiempo. Sin una costumbre fija. Siempre acabas escogiendo ese dichoso momento. Ahora toca uno. Tu mano se desliza hacia el bolso pero sabes que nunca llevas encendedor, y un sólo cigarrillo porque no te fías demasiado de ti. Eso forma parte de tu trato personal. Tu compromiso secreto contigo misma. Eres consciente de que no te levantarás a la barra a pedir fuego y eso hace que te revuelvas en la silla sin demasiados aspavientos. Hoy tampoco quieres llamar la atención.
Para tu sorpresa, antes de que sientas perdida una nueva batalla silenciosa. Cerca de ti escuchas un sonido familiar. Suave, con ligero ritmo y que identificas con facilidad. Alguien golpea con celeridad el teclado de un portátil en una mesa no muy lejana. No pedirías fuego hoy a nadie pero sabes bien que tus movimientos te han delatado por mucho que ahora trates de disimularlo, inútilmente.
Ves el humo que me rodea, tus ojos siguen su recorrido pidiendo a gritos ayuda. Nuestras miradas se han cruzado sin querer y no puedes evitar verme. Apenas puedo creer que no me hayas visto antes, pero yo también tengo ahora bastante con lo mío. Mi cortesía llega hasta ofrecerte, desde la distancia, mi encendedor de plata, pero tendrás que venir a mi mesa. Piensas que por hoy ha sido suficiente. Te levantas, esbozas una sonrisa artificial de cumplido y te acercas. Un desconocido te dará fuego y punto. Estas tan segura que sólo quieres inhalar un poco de humo, sin más. Veo cómo te acercas. Para mí, en estos momentos ni eres una mujer ni nada, tus curvas femeninas y más que apetecibles, pasan desapercibidas para mí, tu aspecto radiante, esa despreocupación tan colocada. Sin embargo, ahora para mí eres alguien, sólo alguien, sólo veo una persona, sin sexo, que se acerca a mí; le hago un favor simple y la cortesía parece que ha funcionado, una vez más.
Llegas en un segundo, atrapas tu deseado fuego y lo enciendes. Estamos a escasos centímetros, y al cruzar nuestras miradas, ocurre. Es ahora. Sin pensármelo te suelto a quemarropa que yo me encenderé otro . ¡Qué diablos !. Comienzo a pedir disculpas por mis modales. Nos presentamos. No tienes tiempo de reaccionar, y sin darte cuenta lo has consentido. Hoy tengo la impresión que te vas a saltar la norma con tu cigarro diario. Veo como miras, de reojo, mi cajetilla sobre la mesa. He tenido un día de los que se denominan “siniestro total”. Llevo un año trabajando para un asunto muy importante. Y hoy, en una hora de reunión con cuatro yupis me han destrozado el trabajo de cientos de horas. Se han permitido el lujo, además, de concederme media hora para que revise el maldito proyecto de fusión. Estos imbéciles se creen que soy otro yupi más, de los del montón. Se creen que estoy en estos momentos dándole vueltas a mi trabajo. Desesperado por el fracaso y el miedo al futuro. Estos no se enteran de nada. Mira Lúa, ahora que nos conocemos. ¿ Sabes lo que estoy haciendo ahora?. He abierto mi carpeta de documentos. Mis documentos, no el informe maldito. Y estoy escribiendo un poema. Sólo eso. Es lo único que pienso hacer en esta media hora. Y cuando vuelva a esa oficina, dentro de unos minutos, acabaré con ellos.

Noto que no te has asustado. No has salido corriendo. He estado demasiado impulsivo, un tanto agresivo si quieres. Pero no he podido evitarlo. Veo cómo te acercas y lees con atención mi poema, aún sin terminar. Tus gestos del rostro, el brillo de tus ojos, por cómo mueves tu cuerpo, me dice que te está gustando. Vuelves a retorcerte ligeramente, esta vez, asintiendo y con suavidad. Sigo de impulso en impulso. Me lanzo sobre las teclas y antes de que apartes tu mirada estás dentro del poema. Para siempre. No me sorprende nada que lo hayas aceptado de buen grado. No hemos podido evitar cruzar nuestras manos en muestra de agradecimiento. El frió gélido de tu mano no puede apagar el fuego y la furia de la mía. Pero hay algo que me dice que seremos amantes para siempre.

Para Lúa, cuando sea, será.
8 de Abril de 1992.



Posdata, tal vez un poco extensa, para tí, Lúa :

Varias cosas.
Si lees esta carta, que te entregará nuestro camarero favorito, ese viejo cascarrabias que no tiene edad, me gustaría que no volvieras a este café nunca más. Yo no podré hacerlo. ¿ Sabes... no?. No podré volver a este café ni a ningún otro, nunca más. Llevo meses ocultándotelo, te agradezco que no te dieras por enterada. Ha sido lo mejor.
Más cosas. Por cierto, aquel primer día volví a la reunión. Gané la partida. Acabé siendo el presidente de la empresa que se fusionaba al día siguiente. Es la que está enfrente, mira por la ventana. Cuando acabó la reunión volví aquí y escribí lo que supuse que nos había pasado aquel día del 8 de Abril lejano. Como habrás leído ya. Pero con el tiempo, el poder, la presión y la soledad me han derrotado. Para colmo la enfermedad ha hecho el resto.
Más cosas. Te agradezco que hayas sido mi amante durante todo este tiempo. Nunca supimos nada el uno del otro de nuestros pasados. No hubo necesidad de compromisos, de pactos en el aire, de largas explicaciones inútiles. Un día al mes en este café durante los últimos diez años. Sin preguntas. Sin mentiras. Sin verdades. Se que no nos debemos nada. Tú con tu soledad y yo con la mía. Pero nos amamos tanto... Sin embargo cuando un yupi rico muere, muere en solitario. Alguien tiene que ser su heredero. Nada está sujeto al azar entre nosotros. Es nuestro trabajo. Para cuando te haces rico, estás tan solo que no sabes ni qué hacer con el dinero ni a quién dejárselo. Ahora tú, Lúa, tienes todo lo que no he sabido saborear. Seguramente lo primero que pensarás es en romper esta carta. Lo sé. También pensarás que te estoy tomando el pelo. Cruza la calle y pronuncia tu nombre. Mis empleados te están esperando. No te molestes en renunciar al regalo. No es posible. Legalmente todo está controlado. Tienen todas las instrucciones.
Para terminar. Te estaré esperando eternamente si es que eso es posible. Me gustaría, además de poder creerlo, que realmente ocurriera. Pero mientras tanto busca otro poeta y procura que esta vez no sea yupi.
Lúa, sé feliz, para tí... por los dos.


19 de Agosto del 2.002

El vecino del 4º


Sin comentarios, esta vez también espero los vuestros.

Besos desde el otro lado de la luna.

Desde el otro lado de la ventana.

sábado, 24 de mayo de 2008

Tiempo perdido.-




Hoy el sol luce como a mí me gusta. Entra por la ventana al salón tímidamente, de esos días en que te da en la cara con una suavidad extrema, un calor templado y acogedor. Sentado en suelo de madera, en el centro de mi pequeño salón, he cerrado los ojos y me he dispuesto a permanecer unos instantes si ninguna otra ocupación. Sospecho que mis plantas también están disfrutando este instante, tanto como yo. Si dejas que tu imaginación se dispare el sol te acuna y acaricia de una manera muy especial, la imaginación no tarda en saltar y alejarse de ti. Un leve sonido me distrae y me devuelve de alguna parte lejana. Es la puerta. Alguien golpea con los nudillos con delicadeza. Hace años que nadie llama así a mi puerta. Alguna vez he llegado a soñar que el timbre se avería y que jamás lo vuelvo a reponer.

Sin prisas, como si flotara me dirijo, con intriga, a recibir a quien sea.

- Buenos días hijo. No nos conocemos de nada, han pasado demasiados años, pero me he decidido a volver al origen. Me gustaría contarte algunas cosas.

Es evidente que no es mi padre. Un desconocido anciano delante de mí está contándome algo que apenas entiendo. Rostro surcado por cientos de arrugas, un cabello largo y blanquecido, tiene una pequeña trenza de la que cuelga una delicada pluma, un cuerpo delgado. Limpio, huele a primavera. Es como si llevara su casa a cuestas. Una vieja mochila, intuyo que en una funda transporta algún tipo de instrumento musical, podría ser una flauta travesera o un clarinete. No se.

- Pase. Permítame que le invite una taza de té. Estará más cómodo.
- No me atrevo aún a pasar. Si no te importa dejaré mis cosas en el suelo. Hablaremos y tomaré esa infusión aquí en la entrada. Antes los vecinos hablamos mucho en el rellano. Era una vieja costumbre que casi se ha perdido.
- Como usted quiera.

Estuvo unos veinte minutos, más o menos, en su primera visita. Hace más de 60 años, pude deducir que había sido el primer habitante de mi piso. Por fin pude conocerle. Me contó que sólo vivió tres meses. Fue músico de la orquesta nacional. Debió de tener una historia apasionante de amor con una soprano de fama, no quiso revelarme su nombre. Este piso fue su nido de amor. Me aseguró que en él sólo había una cama. Ellos dos y cientos de partituras. Todas para viento, al fin pude confirmar que era una travesera.
Cuando intentaba contarme alguna cosa más, su voz se quebró. Sus ojos se volvieron vidriosos, le comenzaron a temblar ligeramente los dedos de las manos.

- Sabía que no estaba preparado. Pero tenía que intentarlo. Gracias joven. Cuando me encuentre más entero volveré. Te lo contaré todo. Alguien tiene que conocer cuanto amor, pasión y locura se pudieron reunir en este lugar. Siempre sentí que estas cuatro paredes tenían una magia especial.
- Puede volver cuando lo desee. Mi puerta siempre está abierta.

Desde aquel día, sé que volverá. Creo que también comencé a comprender algunas cosas, que en ocasiones no tenían mucho sentido. Cuando me quedo dormido leyendo algunos relatos o revisando viejos poemas, cuando me despierto en la oscura y silenciosa madrugada y el sonido de una flauta delicada suena, es como si algunas cosas comenzaran a encajar. Algunos de mis poemas parece que cobran sentido. Mis relatos parecen tener un dirección trazada entre la imaginación y el pasado. A veces no puedo evitar escribir versos sobre partituras en blanco.

Pasados unos meses, sin buscar, en el mismo salón, tuve que reponer una de las tablas del viejo parqué. Encontré un sobre con una nota escueta que decía: “Amor, tengo que marchar, dejo la música, y tus cálidos labios para siempre. Tu marido nos ha descubierto. Si no me voy te matará primero a ti y después me buscará a mí. Mi vida no me preocupa, pero tú has de ser infinita. No puedo ponerte en peligro. Vive eternamente sabiendo que nadie poseerá mi corazón”. Una borrosa fecha del siglo pasado. A la que seguramente ella, añadió estas otras palabras: “Te amo. Te esperaré al otro lado de los sueños. Al otro lado del universo.”

Sé que vendrá de nuevo. Sé que pasará hasta el salón y leerá esta nota. Espero que el tiempo perdido le devuelva al pasado.


El vecino del 4º

24 de Mayo 2.008

martes, 13 de mayo de 2008

Vuelos en el horizonte.-




Puede que desde mi piso alguien piense que no es posible ver el mundo entero. Puede. No me preocupa. Hay cosas que si se explican pierden su sentido, y si intentas aclararlas con más detalles, es aún peor. Puede que sin salir se salga, puede incluso que sin entrar se esté siempre encerrado en el mismo lugar.
Yo, desde aquí, llevo un tiempo observándola. La noche que va a salir, mucho antes va preparándolo todo. Ya por la mañana hace ejercicio, estiramientos, calienta antes de salir, se coloca su cinta para el pelo, malla negra sin brillos, zapatillas cómodas, camiseta vieja y salpicada, de esas que usas cuando te atreves a pintar tu cuarto de varios colores. Corre por el barrio, sin prisas, ni cronometra, ni busca medallas. Cuando vuelve, toca un largo baño con sus sales preferidas. Al salir del baño, té con canela y limón, tampoco faltan unas pastas caseras. Mira por la ventana al infinito como si supiera lo que pasará horas más tardes, soplando sin prisas sobre tu taza humeante, en esa noche esperada. Toda la tarde suena Bach a un volumen importante. La pasión.

Con todos estos indicios, ya sé que esta noche va a salir. La veo acercarse a su ventana, una ventana de dos hojas, de madera, ya apenas se encuentran. Las abre como si acariciara su cuerpo. Mira al horizonte como si fueran los labios de sus amantes. Despliega con delicadeza y ternura sus blancas y aterciopeladas alas y en el más absoluto de los silencios y discreción, ella vuela hacia quién sabe dónde. Vuela con una belleza extraordinaria, angelical.

Se marcha con un cuerpo que arde, con una mujer, bajo sus alas, que no pone límites a la lujuria, caza sus presas sin ser depredador, ama sin compromisos y en el sexo encuentra el discurso real más cercano a la utopía de la libertad. Alguna noche, no siempre, que logro verla volver con una de sus presas adormecida, me doy cuenta que estas cosas no siempre se pueden contar. Los deja caer sobre sus sábanas perfumadas con lavanda y romero. Ellos se despiertan sorprendidos pero apenas tienen tiempo para pensar. Ahora toca la danza de las caricias, la carrera de las búsquedas de los rincones secretos, el baile de los gemidos que se aceleran. Las pieles van marcándose sutilmente y los cuerpos se acompasan, movimientos, temperaturas y fluidos.

El sexo atropella las sombras y el tiempo parece eterno. Al fin quedan agotados, enredados los cuerpos, satisfechos e inmóviles.

Los he visto muchas veces, al día siguiente. Ellos se despiertan como si todo hubiera sido un sueño. Muchos además, como si en sus recuerdos algo hubiera quedado tatuado para siempre en su cerebro o en alguna otra parte, pocas palabras articulan con facilidad. Como si todo estuviera aún confuso. Pero hay una frase que muchas veces repiten.

- Aún no me has dicho como te llamas. Me has hecho volar en entre tus sábanas. Has sido un cielo. Pero ahora me toca volver al infierno . Llego tarde al trabajo. Te llamaré.
Ella les sella con su índice los labios, antes de que sigan divagando.

Sin duda, una nueva versión del ángel bíblico se ha puesto al día y anda por ahí suelto.
El vecino del 4º
Posdata: para cada sueño una utopía, para cada discurso un beso de fuego, pero mucho antes para todos, al menos, arroz, sal y azucar de sobra...

sábado, 3 de mayo de 2008

No sé cuándo.-



Tiene ojos de luna. Tiene ojos de luna y labios de mar. Llevo tres hojas rellenas de esta frase. No puedo escribir ninguna otra cosa. No puedo quitarmela de encima. No puedo apartarla de mis sueños. Tiene ojos de luna y labios como el mar de mis deseos más ocultos. Cada vez que me cruzo con alguien en las escaleras, en el ascensor en cualquier calleja. Siempre espero que sea ella. Cuando me despierto sobresaltado deseo que haya cruzado la puerta de pisín, en el 4º. Miro un vaso de agua para intentar olvidarlo todo. Son sus caderas las que se mueven como el agua. Son sus cabellos recien salidos de la ducha. Tiene ojos de luna. Garras de fuego y olor a madreselva por descubrir.

Saldré de estas cuatro paredes. Buscaré entre el asfalto. En el campo que estalla con este abril de aguas, flores y placeres sin control. Bajo con los ánimos por los suelos. He visto mil mujeres de ojos de luna que no eran ella.


El día es gris, lento , aunque también, curiosamente, primaveral. La noche puede que sea mágica e infinita. Al fondo, intuyo que queda algún poeta que se deja atrapar por los versos. Que se enrreda en besos imposibles. Que sustituye sueños por relatos. Cerraré mi ventana esperando un sueño imposible. Sus ojos de luna darán luz a mis presentimientos.-


El vecino del 4º.

jueves, 24 de abril de 2008

Me quieres?...



Sobre la furia de momentos atrás, el silencio bañó la noche perdida en una ciudad cada vez más pintada, de miles de colores, por los grafiteros del barrio, como si intentaran, inutilmente, tapar el gris sucio y urbano. Los amantes apenas se movían y entre sudores, ella al fin pudo balbucear entrecortadamente.


- Me quieres?...

- ...

- Por qué tardas tanto en contestarme?...

- Sí...te amo... como si jamás hubiera amado. Como si fuera mi primera vez. Jamás nadie me entregó tanto su cuerpo.

- Entonces?...me quieres?...

- Sí... te quiero.

- Por qué tardas tanto en contestarme pues?...


Cuando se ama como un animal, el tiempo deja de tener medida propia. Las palabras no siempre llegan a tiempo.


- Me crees?...

- Sí, pero necesito preguntartelo de vez en cuando. Y mirarte a los ojos. Y medir el tiempo de tu respuesta... Entonces?... me quieres?...

- Sí.

- Bésame, seré sólo tuya mientras me quieras. Aunque tardes en contestar.


El olor al último grafiti entra por la ventana sin llamar. Unas carreras precipitadas en el callejón y el sonido de unas sirenas, de fondo, anuncian como siempre que la policía no llega a tiempo. Un beso resuena entre las sombras mientras las dudas cabalgan sobre las nubes del firmamento, tal vez, hacia ninguna parte.


El vecino del 4º


Posdata: Ella sabe que él la ama. Él la ama más que a nada en este mundo. Pero ella necesita escuchar esa vieja y eterna cancioncilla...Él la canta como un viejo blus, lentamente...como si la canción no fuera con ellos...


lunes, 14 de abril de 2008

Hoy.-



Hay días en los que a todos nos cuesta trabajo levantarnos, ponernos en marcha. Hay días en los que sueñas con otro mundo, con otra vida. Hay días en los que todos tenemos un deseo oculto que no confesaremos jamás. Hay días óptimos para empezar cualquier revolución, y al día siguiente en cambio tienes unas ganas terribles de replegar velas, de retirarte de todo.

Hoy no quería nada especial, nada en particular, ningún pastel especial, ningún verso a la vista, ningún viaje en marcha. Ninguna historia que rescatar, nada que contar. Nada en exceso ni nada en falta. Un día sin perfil, sin intereses.

Con un día como este sólo se me ocurre una cosa. He escuchado que anda por la casa, sus pisadas son inconfundibles, el aroma a café y a pan tostado me confirma que anda descalza y de puntillas de aquí para allá. Por culpa de la primavera que emerge, escucho como estornuda en voz bajita para no molestar. Toseré yo, como si fuera una réplica a su estornudo. Será una llamada discreta.

Así ha sido, a su segundo estornudo mi tercer tosido ligero, un pequeño y discreto garraspeo. Ha aparecido en mi habitación.

-Vaya te has despertado. Sabes que no me gusta despertarte nunca. Veo que tienes los ojos tapados con aquel pañuelo de seda que me regalaste hace mil años. Hoy el día es radiante. Brilla el sol. Huele a primavera auque eso a mí me molesta, ya sabes. Pero veo que tú no quieres abrir los ojos al mundo.

Así es. No diré nada. Soñaré cada movimiento que quiero que ocurra, de ahora adelante. Y así será. Es divertido. Es un juego que siempre funciona. Yo sueño y ella es como si escuchara mis palabras invisibles.

Quiero que deje de hablar y comience a tararear esa melodía secreta para los dos.

- Naaaaanaaaa...naaaaa...mmmmm...naaaa-naaan....mmmmm.. Veo que quieres jugar al juego secreto...naaaa-naaaaaaa-mmmmmmm....

Quiero que deje caer toda su ropa sobre el suelo de mi refugio.

-Sabes qué hago??...eso que cae al suelo es todo lo que me quedaba encima...muy poco como has podido escuchar...

Quiero que se suba encima de mí. Que me secuestre, que impida que salga hoy de mis cuatro paredes. Quiero que sea más mala que nunca, más tierna, más delicada y más salvaje que cualquiera de mis sueños.

- Tu lo que necesitas hoy es quedarte todo el día en la camita, con los ojos cerrados. Bien atadito. Yo te daré todo cuanto necesitas. Necesitas la dulzura de la miel y la fuerza de la bestia que llevo dentro. Te retendré para mí. Te informo que eres mi prisionero oficial. No pediré por ti un rescate. Sólo voy a quedarme con tus deseos, con tus mejores sueños. Eres mío, sin remedio, sin concesiones.

Hoy va a ser un día sorprendente. El juego ha empezado.
El vecino del 4º
posdata: soñar es fácil...aunque sigo conociendo a gente que le parece imposible e innecesario...

miércoles, 2 de abril de 2008

Metro.-


El baja las escaleras del metro con una lentitud llamativa. El resto del mundo va una velocidad de vértigo. Nadie, ni si quiera le roza. Como si fuera flotando en un largo y lento sueño. Los demás se van golpeando entre sí, con las paredes y a veces incluso tropiezan torpemente. El parece ocupar un espacio invisible. En una de sus manos lleva el capuchón de la pluma estilográfica. Juguetea de una manera especial. Aprecia su textura y de vez en cuando se lo desliza por sus labios como si buscara . Su tacto es muy suave. Le recuerda algo muy especial. Ahora se fija en uno de los cordones de su capucha, termina en una pequeña bolita negra, golpea su pecho al ritmo de sus pasos. A la chica que camina delante de él, de repente se le salta uno de sus pendientes, pequeño, redondeado, con un brillo casi mágico.

Mientras espera un nuevo convoy, sólo falta un minuto, siempre falta un minuto que se hace eterno entre esas terribles miradas perdidas de metro. Observa un bolso de una mujer afro, cosido de pequeñas caracolitas, puntiagudas, apretadas unas contra otras, como si miraran al mundo diciendo aquí estamos nosotras. Veníamos del mar y ahora vivimos en la urbe. Ella es nuestra dueña pero no se ocupa demasiado de nosotras.
El minuto ha terminado, como siempre, los minutos acaban por pasar. Hacinado entre cuerpos y olores múltiples y pluricontinentales. De repente un tanto preocupado, encuentra cientos de objetos pequeños de similares características. Redondeados, puntiagudos, como si estuvieran vivos, como si le miraran sólo a él. Como si en el mundo, los objetos tomaran vida para decirle algo.

Enciende su Ipod, es hora de escuchar al viejo Dylan y algún blus mítico del siglo pasado.

El resto del día es como si no hubiera pasado nada. El trabajo es lo que tiene. Es una manera de tomarte un “kik-kat” de siete u ocho horas, a veces muchas más.
Ahora está de vuelta a casa. En ese minuto, de regreso, de todas las tardes. En su mano izquierda no deja de mover su pluma.

Cuando llega a casa sin saludar deja caer su mochila en la entrada del piso. Besa con un deseo diferente, mientras con uno de sus pies cierra la puerta.

- Vaya cariño...esto sí que es un beso especial. De los que te guardas para ocasiones especiales. Además quería contarte algo. Hoy llevo todo el día...bueno, no te diré nada, me da vergüenza...mira tu mismo...


Dejó caer su camisa al suelo. Sus pechos tersos, erectos, redondeados, con una temperatura más que templada.

- Mis pezones...están como cuando jugueteas durante mucho tiempo con ellos. Anda bésame otra vez. Por cierto???... qué tal el Metro???... Hubo retrasos hoy???...

La respuestas quedaron para otro momento. El beso duró más que un minuto. Le supo a miel, canela y menta.


El vecino del 4º.
posdata: puede resultar interesante el ejercicio... cierras los ojos y desde tu ventana ves el mundo entero, el infinito, incluso puedes llegar a notar bajo tus pies ese temblor cuando llega el siguiente metro...