viernes, 29 de agosto de 2008

Caminos nuevos, viejos caminos.-




En este universo estival de la fantasía he viajado desde un lugar sin nombre, antiguas tierras que decían de “Conquistadores” , hasta un universo nuevo, un lugar de viejas tierras de olivos centenarios junto a otros más jóvenes. Sin embargo hay muchas cosas que me recuerdan mi anterior vida. Los amantes también se buscan entre las sombras y en las noches de luna llena sus aullidos me siguen poniendo los pelos de punta. Por otra parte cuando amo sin control siempre creo que no terminará nunca el instante en el que tu cuerpo no es tuyo estando dentro del otro. Tus sentidos no se pueden controlar y el fluido escapa a tus deseos, tus sueños y tus anteriores experiencias. Cada vez que amas como un animal primitivo, si no encuentras algo nuevo, la cosa, tiene poco sentido, creo. Algo mecánico que sólo se repite una y otra vez puede que deje de tener sentido. En cambio un juego eterno de descubrimientos, dónde reconozco que hay quien pueda pensar que no hay nada por descubrir, a mí me sigue fascinando. Qué le vamos a hacer...yo sigo apostando descubrir entre la nada y el infinito...

Estos días el viento solano acorrala a las plantas, a los animales y a los homínidos nos vuelve más despistados, recelosos, lentos y pendencieros. No hay manera de ver musas ni poetas con viento solano. Ni siquiera dejando un vaso con hielo picado, ron y azúcar de caña y un poco de hierba buena bien golpeada. Dicen que falta poco para que venga el reponedor viento ábrego. Que así sea. Esta sensación de dormir entre el fuego de la noche y el viento ardiente hace que los cuerpos caminen sin rumbo cierto, sin deseos, sin sueños de esos que alivian los males del alma.

Abro la ventana y cienes y cienes de olivos me miran, veo entre sus hojas cuerpos desnudos que se insinúan sin reparos abiertamente. Sus lenguas danzan a plena luz del día y en un instante la danza del viento se mezcla con la pasión de los cuerpos juguetones. Una mancha de aceite me resbala por las mejillas, la emoción me puede. Y en las tierras de Andalucía qué otra cosa se puede llorar que no sea aceite virgen de la almazara más próxima. Mis pies se asientan sobre las señoriales tierras de Canena, nacida de Jaén y en el corazón de los olivares más mimados del universo que conozco. Las mujeres tienen unos labios carnosos, unas miradas entre el fuego y el hielo distante, sus cuerpos se esculpen sobre caminos de romero y menta. Besan con un ligero sabor a menta y anises molidos. Si bebes en sus fuentes eternas ya nunca más vuelves la mirada ni al mar ni a otros ríos.

Paseo entre el polvo del Sur y los sueños de las palabras que me invitan a seguir guardando algunos secretos inconfesables. Mi memoria a veces es infinita, a veces sólo le caben unas escasas palabras: Sus labios, sus caderas, sus cabellos, sus silencios por debajo de sus gemidos.

Veo al fondo del camino que viento cambia de dirección.

Ábrego que tanto te esperan, dales los que les quitó el solano.


El vecino del 4º



Posdata: un recuerdo especial a ustedes las que habitan en el Sur: Mariquilla, Gata, Coco, y mucha más gente que olvido, mi memoria flaquea con el calor, seguro...

jueves, 24 de julio de 2008

Espejismos urbanos y veraniegos...




...Abrí anoche las ventanas, primero una y después de una en una hasta abrirlas todas...no conseguí arrarcarle a la madrugada una brizna de viento... el calor me quitó la visión nocturna desde mi refugio...dentro de mi garganta noté que corrían cientos de caballos árabes buscando el mar... "a galopar a galopar hasta enterrarlos en el mar". Busqué agua dulce, para calmar su loca carrera. El calor es una pesadilla que alfombra toda la ciudad en pocas horas. Y cuando viene y se instala no hay manera de librarse. Aún me resisto a acondicionarme con aire acondicionado. Aún sigo reflexionando en ríos de sudor que corren si merece la pena resistirse y perecer entre el fuego y el infierno. Total son cuatro días. Total si te pones debajo del agua es como si el mundo se restituyera inmediatamente por al menos unos instantes.


Esta mañana me he levantado, camino descalzo y desnudo entre el asfalto, los coches y las vías del tren. La ciudad está respirando con dificultad como si fueran sus últimas horas. A nadie parece importarle. Que diferencia hay entre inhalar más ozono del permitido que atiborrarse de nicotina en los lugares permitidos por cualquier decreto. Y los que no salen de casa, y no fuman pero le dan a un recetario amplio de pastillas de todos los tamaños y colores???... En fin...En la ventanilla me dan el recibo, me subo al tren y veo que los labios de quienes me rodean se mueven lentamente, no escucho sus conversaciones, parece que cada uno habla en un idioma particular. Cada uno con una bandera en su corazón. Un pasaporte. Una nación en cada asiento de este tren que me lleva al final de una estación que no tiene nombre.


Tras el primer café, tostada crujiente y aceite de Jaen-Jaen empiezo a ser consciente que ya no existo. Ya no estoy aquí. Viajo a la velocidad de la luz divina que me transporta a mis putas y merecidas vacaciones. Mi jefe se podrá apoderar de mi jornada, de mis objetivos, de mis gestiones, de mi mesa con su puto PC, puede que oficialmente aún no pueda transpasar la frontera. Pero no estoy aqui. No escucho. No veo. No siento. El sol no dejará marcas en mi rostro. Abro mis labios y el agua renueva mis sueños sin pedir permiso.


Cada vez que llega esta época siempre tengo la sensación que jamás volveré. Ser parte de una cadena-laboral, un horario y una nómina tiene tantos inconvenientes que aún no entiendo qué hago aquí.


Sólo me queda pensar en sus caderas brillantes, redondeadas, su mano se estará deslizando disimuladamente hacía el centro de sus deseos, recordando el último revolcón de hace apenas unas horas. Sus pechos en esta época saben a melocotón. También me gustan cuando saben a naranja. Sus labios dibujan en el horizonte la lujuria que me permite entrar y salir de este despacho infinito. Sin sus fluidos entre mis dedos no podría teclear ni un solo informe, ni una sola cita. No conquistaría la cima cada día de vuelta a casa. Ni yo ni mi entrepierna despierta ficharemos hoy a la salida. Y aunque lo hagamos seremos otros porque ya NO estamos aquí. Y lo peor de todo si acaso vuelvo después de las vaciones, no seré yo. Pero nadie se dará cuenta de nada.



El vecino del 4º




jueves, 17 de julio de 2008

Cuarto tiempo y final.-




CARTA A QUIÉN SABE NADIE.
QUIÉN SABE POR QUÉ.

A/A : Sin destinatario concreto.
DE: El vecino del 4º.


No puedo creer que esté escribiendo una carta dirigida a no sé quién. A un destinatario desconocido, indefinido, inconcreto. No encuentro la necesidad ni la explicación, pero aquí estoy pegado a las teclas de mi PC. Y por lo que veo no puedo parar. Así pues, me dejaré llevar hasta el mismísimo lugar o persona desconocido que sea.

Mediante la presente me dirijo a usted para contarle mi situación concreta. He realizado un descubrimiento sorprendente y del cual me siento gratamente recompensado y un tanto ruborizado.
Creo que es sabido por todos que existen múltiples y casi infinitas maneras de llamar a una cosa u acción con muchas y diferentes palabras. En concreto a mi memoria se me vienen unas cuantas palabras o frases tópicas para hablar del mismo asunto: “marcha atrás”, “coito interruptus”, “aquí te pillo aquí te mato”, “polvo fugaz”, “ya???, pues vaya”, “hasta el infinito y más allá” (está quizás sea otra cuestión, no sé)… En fin que amar, hacer el amor, aparearse, rozar la cebolleta y cosas mil variadas tienen frases y expresiones de sobra conocidas por todos. Ahora no nos hagamos ni los estrechos ni los novatos.
Otra cuestión importante sobre el asunto es el tiempo del lance. Con y sin incluir prolegómenos, devaneos, retiradas a tiempo y demás adornos previas a o entre y el final. En definitiva no hay dios que se ponga de acuerdo en cuánto tiempo es el ideal. Todo el mundo coincide en lo genérico, ni mucho tiempo ni poco. No existen reglas fijas. Incluso con datos objetivos y matemáticos de otros asuntos, sí, cantidad por ejemplo, no hay manera de ponerse tampoco de acuerdo. Se cruzan criterios y preferencias, veinte centímetros no son siempre veinte. Calidad frente a cantidad es un argumento que va y viene. En fin. Caminos inescrutables y designios del señor infinitos que no nos terminan de poner de acuerdo en nada o casi nada sobre y referido al sexo. He dicho sexo???…sí, quería decir sexo desde el principio de mi epístola. Así es. Me siento mejor. Prosigo.
Por todo esto, y anteriormente referido, no quiero hablar de tanto tópico. Quiero contarle una experiencia singular, al menos para mí. La cosa había empezado bien. Pactamos, porque estas cosas si se pactan mucho mejor. Pactamos ella y yo que sería rápido. Alguien tenía que llegar a casa a lo largo de la mañana.

- Mejor uno rápido ahora. Y uno tranquilo a la noche.
- Hecho, mejor uno fugaz que ninguno.

Estábamos en ello, ese arranque fugaz, ese instante que siempre parece poco e insuficiente, pero tan ansiado…no concluía, excelente, no sería tan fugaz-fugaz…pero cuando estábamos casi al final sonó el timbre y con extrema rapidez aparecimos visibles ante la visita esperada. La cosa se fue liando y no hubo manera de terminar lo empezado. Un tiempo. Más tarde, ya pasada la hora de la comida, con juegos de miradas cómplices ambos sabíamos que se acercaba esa hora mágica dónde muchas cosas se reconcilian y se reeencuentran entre la piel y los deseos. La mágica siesta sería nuestra oportunidad de cerrar un círculo inconcluso. Al menos eso pensamos. No fue posible, una, dos… y hasta tres llamadas del teléfono. Los vecinos llamaron para avisar que cortarían el agua. Quién quería beber agua en esos momentos, después sí, pero con los cuerpos entrelazados, fusionados, abrasados…Nada no hubo manera de terminar. Segundo Tiempo. Tomamos un té helado entre risas y guiños. Total la noche estaba cerca. El pacto seguía vigente. Sería cuestión de tomárselo con calma. Toda la tarde y parte de la noche que se acercaba fue un continúo esperar, un rozo y cruzarse entre los pasillos de la casa sabiendo que había algo que aún no había acabado, que estaba por llegar, como muchas otras veces pero esta vez se había mantenido en el aire de una manera distinta.
Ya sin tiempo de por medio. Sin prisas. Sin metas previas. Los cuerpos se envuelven con esa lentitud ceremoniosa, esa actitud de mezclarse para saborear hasta el último instante previo al goce final. Me estaba gustando. Ella y sus gemidos hablan el mismo lenguaje de compensación en el goce compartido y acordado. Pero no llegaba el final para ninguno de los dos. Por increíble que parezca sonó el teléfono con tanta insistencia que no pude resistirme a cogerlo envuelto en una mezcla increíble de sudor y fluido variado. El tío estaba en urgencias. Tuvimos el tiempo justo para decir si, tomar dirección, coger la cartera, las llaves y alguno de los móviles. Pasamos una noche en vela rodeados de máquinas y ruidos. Nuestras miradas se entrecruzaron miles de veces, no pudimos dejar escapar alguna mueca de complicidad. Tercer tiempo inconcluso. Esto empezaba a ser un destino???…
Cuarto tiempo y final. Al volver del hospital. Una vez que llegamos a casa. Ya sabíamos que lo del tío no era tan grave. Los móviles apagados. La puerta cerrada con todas las vueltas. Los móviles cerrados, fuera de cobertura o en silencio eterno, puestos boca abajo y sin mirarlos. Voló la ropa, con alas de deseos incontenidos. Los labios buscaron a los labios, las manos arañaron el aire, entre risas y gemidos allí mismo, contra la pared, sin recorrer un centímetro más. Cuarto tiempo y final. Explosión. Mas de cuarenta y ocho horas para terminar “mejor uno rápido que ninguno” que dijimos el día anterior. Contando así alguien podría imaginar insatisfacción o cosas peores. Pues no. Al contrario. Por eso le dirijo esta carta a usted, sea quien sea, esté dónde este. Es posible que el cúmulo de circunstancias jamás vuelva a repetirse. Pero le confieso que ha sido increíble. Probablemente también irrepetible. Quién sabe. Yo por si acaso se lo cuento. Estoy incluso hasta por registrar el incidente, por si fuera un invento o algo.

Sin otro particular, quedo a su disposición.
Atentamente su querido vecino del 4º.



Posdata: no hay posdata...



viernes, 11 de julio de 2008

Chesterfield Town.-




He logrado estar todo este año estudiando ingles y auque no sé aún si he aprendido algo, lo cierto es que me ha servido para escaparme de mi barrio por unos días. El avión no es mi preferencia para moverme, pero es lo más rápido. Cerrando los ojos al salir y al llegar al destino, todo lo demás es como si no tuviera importancia. Creo que he viajado en grupo, pero como siempre es como si hubiera estado la mayoría del tiempo sólo con mis fantasías y esos personajes que van entrando en mí sin apenas darme cuenta.

Hemos llegado al hotel con ganas de patear calle, de practicar el idioma, de hacer amistades. Venía buscando el calor de las voces desconocidas y ha sido la arquitectura la primera que me ha atrapado. Esas casas centenarias que cuentan historias en silencio, esos suelos empedrados suaves por el desgaste del agua y los viandantes. Esas pequeñas iglesias rodeadas de lápidas centenarias. Y todo tan verde. Veo tanto verde junto, jardines milimétricamente podados, árboles inmensos, más que centenarios, un aspecto tan delicadamente conservado que el alma se me alegra al instante, sin embargo las gentes de aquí no parecen alegres, en sus caras es como si escondieran miedos milenarios y desconfianzas pasadas. Sus rostros blanquecinos les da una cierta apariencia de débiles y enfermizos. No parecen saber reír a pierna suelta. Intento tomar notas en el papel, pero no puedo evitar echar mano de la cámara de fotos, el primer día estoy tan nervioso que me dejo llevar hasta perderme. Mis pies mandan.

Sin apenas darme cuenta la noche me ha sorprendido, delante de un viejo Pub, “Captain Morgan”, mis pies no pueden evitar subir unos escalones. El olor a cerveza de barril es penetrante, la música alta suena Bon Jovi. En la barra una inglesa trata de entender que quiero una pinta de Guinness, es lo más sencillo para empezar. Un lugar casi vacío, amplio, con ese color de que el tiempo por aquí ha pasado dejando huellas, una mesa de billar dónde juegan dos muchachos demasiados jóvenes sin sexo definido a primera vista. Juegan con las bolas rojas y amarillas, sorteando la negra y golpeando con la blanca. Entre bola y bola se rozan y se miran con ojos felinos. En este antro tardan demasiado en tirar una cerveza, había olvidado que la cerveza negra se sirve sin prisas, sin demasiada temperatura y sin aperitivos. Me da tiempo para ojear, hay libros antiguos en un rincón, y un viejo piano cerrado a cal y canto. De Bon Jovi los acordes dan un salto y de repente suena el Muro de Pink Floyd. Contundente, es como si la luz en el local bajara, a mis espaldas un escalofrío me hacen girar la mirada. Un joven con el pelo despeinado de estudio abraza a una chica con unos pechos exultantes. Se funden en un beso de lenguas profundas, ella afectada por el alcohol apenas atina a meter la mano en la bragueta de él. El busca bajarle el pantalón con prisas, atropelladamente. La barra del bar está solitaria, y yo es como si nadie me estuviera viendo. Han debido aprovechar que la camarera habrá ido al servicio. El pantalón de ella ha caido sobre el taburete, sus piernas se enrollan en el torso del joven, el minúsculo tanga cae al suelo de un solo tirón. El empuja, casi con espuma en la boca, jadeando mientras el Muro suena cada vez más alto. La bola negra se ha colado por la tronera antes de tiempo, uno de los dos jugadores salta de alegría y el otro se retuerce de dolor. La pareja de fuego ha llegado al final de un encuentro de apenas dos minutos.
Creo que la camarera me pregunta que si voy a tomar algo más para evitar preguntar qué ha pasado en su ausencia. Señalo el ron del Capitán Morgan, sin hielo, doble.
Este lugar me va a gustar.

viernes, 27 de junio de 2008

Breve.-



Rayos de sol penetraban en la penumbra de la sala, rompiendo la oscuridad como brillantes dagas cristalinas. El viejo escritor octogenario pidió a gritos, con prisas y grandes ademanes, papel y pluma. ¡Ya lo tengo!, -gritaba-, ¡ya lo tengo!...
A todos sorprendió el ímpetu de su repentino despertar y corrieron, alborotados, torpemente, y sin rechistar para cumplir sus atropellados deseos.
Papel blanco inmaculado. Pluma amiga de viejos lances y grandes aventuras.
Con grandes esfuerzos, con esmero, con paciencia, a fuego lento, alcanzó a escribir un sencillo título: “Breve relato”. Tras lo cual y visto el esfuerzo, pensó en subrayar lo escrito y, mejor, continuar en otro momento.
Pero aquel despertar, traído por los rayos dorados de un abril cualquiera, traicionero, no eran otra cosa que el inevitable e ignominioso último suspiro. Cuando llega. Viene sin avisar, por derecho.
Corrió la tinta, en recto, bajo el título en aquel su último escrito.
Corrió como un ave hacia el cielo infinito. Aún no puedo olvidar cómo dejó a todos. Con las bocas entreabiertas, alelados y sin aliento. Con aquel título, “Breve relato”, su último escrito y sólo subrayado en recto.

El vecino del 4º


Posdata: la belleza de lo inacabado está presente en el arte, en el amor, en las revoluciones...

jueves, 19 de junio de 2008

Año 2369. Un mundo sin máquinas.




Muchas veces mi bisabuela me contó la gran sequía del año maldito. Aquello ocurrió allá por el año 2.043, debió de ser terrible. Fueron veinticinco años de sequía continuada, día tras día. La temperatura del planeta subió más de lo previsto, los dos polos se quedaron sin nada de hielo, dentro del cúmulo de desgracias esa fue, tal vez, el principio de nuestra salvación. Por un lado la sequía amenazaba seriamente con terminar con todos nosotros y fue, precisamente, el agua helada almacenada durante millones de años la que nos salvó del fin último. Comenzaron por todos lados las revueltas anti-energéticas, los comandos anti-polución se unieron. En realidad por lo que cuentan no hubo guerra, fue como si un extraño y súbito consenso se apoderara de todos ante la evidencia. El planeta respiraba sus últimos momentos o todos se ponían de acuerdo o nadie quedaría para contarlo.

Ahora han pasado demasiados años de todo aquello. Por lo que cuentan nuestra querida Tierra casi vuelve a ser como al principio, cuando se hablaba de aquel paraíso imaginario. Y sigue siendo el agua el elemento salvador. En Enero del 2.119 por casualidad se descubrió la energía que encierra una molécula de agua, mil veces superior a cualquiera otra energía conocida hasta entonces. Una simple ruptura en el hidrógeno y la subsiguiente subdivisión en cadena permite poner en funcionamiento a un litro de agua como potencial energético para mover una aeronave durante seis meses. El resultado de dicha liberación energética en términos de contaminación era aún más sorprendente. Contaminación cero. Si a este descubrimiento le añadimos que las energías eólicas y solares son hoy el 90% de nuestras fuentes fundamentales. Tenemos como resultado un mundo nuevo. Por cierto un mundo en el que hace más de 100 años que no existen fronteras, ni banderas, tenemos un solo idioma que cuentan lo inventaron varios niños en los refugios provisionales en tiempos de la gran sequía.

Hoy me he levantado como siempre feliz. Se que Haltz me ama, aunque es poco hablador. Siempre con su mirada distante hacia el horizonte. Poco expresivo. Pero sin duda ha sido mi mejor compañero, siempre fiel, siempre dispuesto a ayudar, muy romántico, detallista en exceso, jamás olvida nada. Trabajador incansable. Nunca le he visto enfurecerse. Amigo de sus amigos. Cumplidor con todas las leyes, tanto que a veces me exaspera. Un amante perfecto, puede estar toda una noche de orgasmo en orgasmo y apenas suda, apenas gime, en cambio mis gritos de placer creo que se escuchan más allá de Júpiter. Soy consciente que todas mis vecinas me envidian.

Pongo la radio para despejarme mientras tomo una infusión, salgo al porche de nuestra casa virtual con todo tipo de comodidades tan reales que no hay manera de notar la diferencia, otro avance que terminó con las odiosas grúas del pasado y el ruido de las obras que tanto enloqueció a la humanidad en aquellos tiempos. Quién podría haber soñado que un holograma tendría tanto, nos protegería del frío de la noche y del calor del verano.
Escucho atentamente una extraña noticia: “...según fuentes oficiales, acaba de descubrirse una serie de robots ilegales, humanoides perfectos, que fueron introducidos en el mercado de manera clandestina y a modo de prueba, el modelo es denominado K-2368, por ser su año de fabricación, aunque en principio su previsión de vida era de 150 años, un fallo interno ha puesto al descubierto toda la operación, los responsables se hallan en manos de la justicia. Rogamos nos ayuden a localizar los prototipos mencionados, la colaboración ciudadana en estos momentos se hace necesaria... En un mundo sin máquinas se hace necesario encontrarles cuanto antes para dar cumplimiento con la normativa”.

La noticia me hace saltar de la silla. La infusión se derrama sobre mi vestido pero apenas siento el calor sobre mi cuerpo, es mayor la confusión y los nervios. Voy a buscar a Haltz, por el camino empiezo a comprender algunas cosas. Nunca me dijo te quiero. Nunca hablaba de su pasado. Nunca parecía estar cansado, ni alterado, ni tener dudas, nunca enfermó, jamás le vi estornudar. Podía comer mucho o poco pero jamás engordó ni cien gramos.

Mis ojos se nublan de lágrimas, Haltz está frente al escritorio, inmóvil, frío como el mármol, encorvado en una posición extraña, como un viejo juguete inútil y olvidado de todos. Debió adivinar su final, sólo alcanzó a escribir una breve nota: “estaba programado para vivir toda la vida contigo, siento abandonarte, pero yo no he tenido nada que ver con esta decisión. Te quiero. Haltz”.

El día se envuelve en una fina lluvia que moja todos los campos del universo y cada rincón de mi alma. Lloro casi en silencio al compás del agua que siempre cae para salvarnos de todos nuestros errores.




Posdata: Este relato, puede que sólo intente ser un sincero homenaje a aquella película mítica “Blade Runner” de Ridley Scot.

martes, 10 de junio de 2008

Lua.-



Lúa, confiesa que has sido infiel muchas veces y que sigues sin arrepentirte de nada, eso te hará bien, no pasa nada, nunca pasa nada cuando no pasa nada nunca. A mi no me importa. Decídete ya, y verás qué calma obtienes. Toma una decisión ahora, y después vendrán todas las demás.
Esta mañana Lúa, te has levantado y sin ganas de nada, como una autómata, antes de hablar con nadie, te diriges a la ducha. El agua es de las pocas cosas que admites en días como éste. El tiempo que transcurre sin prisas bajo el agua es diferente. Al salir de la ducha, notas tu cuerpo con un cierto equilibrio pero las ideas aún dispersas. Te vas dando esa cremita hidratante tuya, o lo que sea que haya en ese bote de formas insinuantes, te frotas por todo el cuerpo con extremada delicadeza, sin que nada de lo que te rodea te preocupe en estos instantes.
Ahora estás peinada sin esmerarte demasiado, con ese pelo tan largo, tan rojizo y tan rizado pocas cosas se pueden hacer. Tú lo sabes y no pierdes el tiempo en minucias estéticas de ese tipo. Te colocas en un instante el amplio vestido de seda pintado a mano, luciendo todos los colores del arco iris; sobre tu inmensa melena leonada prendes caprichosamente unas cuantas y frágiles mariposas, artesanales, de corcho casi transparentes, ésas que sólo usas cuando estás como hoy. Según tú son las mariposas de la melancolía. También sueles decir que te ayudan a pensar cuando, sin saber qué hacer, estás frente a un cruce de caminos, repleto de enigmas y decisiones que tienes que tomar tú sola, o peor aún y dicho de otra manera, que si tú no decides deciden por ti. Entonces dejas de pensar y escuchas los consejos de tus mariposas. Las mariposas de la melancolía. No siempre aciertan en sus consejos, pero nunca les reprochas nada. Siempre vuelves a intentar escuchar sus consejos.
Ya te has puesto tus viejas y más que usadas sandalias de cuero a tiras. Pero siguen brillantes, huelen a esa cremita que utilizas al salir del baño; son los restos que quedaron en tus manos, una vieja costumbre que aprendiste de alguien al que no puedes, ni quieres ya recordar. Te doy la razón, no merece la pena. Sin pendientes, sin maquillaje, sin reloj, ni pulseras, ni anillos, hoy no es día para más añadidos inútiles y superfluos. Con las llaves en una mano y ese pequeño bolso en la otra. Tú bien sabes, Lúa , la envidia que les das a tus amigas. Un bolso que conjunta con tu vestido y que al colgarlo casi desaparece. ¡ Mi bolso mágico favorito!, sueles decir, y tú ríes, cuando surge la conversación tan a menudo. Por fin ya dispuesta, preparada, sin más cosas; para qué, cierras la puerta sin despedirte. Sin mirar atrás. El día de hoy no es el mejor de todos tus días pero tampoco es el primero así.
Vas caminando por una inmensa ciudad que sientes bajo tus pies, pero no creas que está contigo. Tampoco contra ti. Caminas sobre ella como podrías estar caminando sobre cualquier otro lugar. Poco a poco te rodea y te va envolviendo y tú continúas ignorándola. Ella por su parte no hace esfuerzos para que te acerques y la preguntes ¿Qué tal la mañana, querida ciudad?.

En las ciudades se camina distinto que en cualquier otro lugar. Las ciudades, hoy, son alfombras de sucio asfalto y no hay manera de olvidarlo, Lúa, por mucho que se empeñen en disfrazarlas de verdes aterciopelados, de modernos neones y de farolas centenarias. Pero eso ahora no te preocupa. Caminas sin rumbo, con desgana, con ese pelo todavía mojado que derrama aún gotas, sobre tu rastro incierto, creando un simulado y bello rocío a tus espaldas. Cualquier calle puede servirte para continuar, mientras en silencio tratas de escuchar las mariposas de la melancolía que nada nuevo te cuentan esta mañana.
Sin embargo y a pesar de todo, Lúa, sigues siendo mujer de costumbres. Comienzas a caminar con urgencia, buscando repentinamente, y a ciegas lo que notas que te falta. Es la hora del café. Has escapado con tantas prisas y podrías seguir andando hasta el infinito, cabizbaja, como ausente. Pero es la hora de la dosis de cafeína, con un buen zumo y algo dulce, por descontado. No puedes evitar tener que tomar una decisión. ¿En qué maldito bar me tomo yo ahora un café ?. Podrías cerrar los ojos y entrar en el primero que vieras. Podrías arrepentirte nada mas cruzar sus puertas y volver a salir huyendo sin rumbo fijo, una vez más. Podrías arrojar una moneda pero el azar no siempre resuelve las decisiones, sean o no importantes. Podrías preguntar y tal vez no te respondieran. No esperes respuesta de las mariposas, ellas no saben de granos tostados y molidos por las manos del criollo en tierras lejanas.
Siempre, lo más sencillo de todo Lúa, es dejarse llevar. Te has dejado llevar y esta vez te ha resultado. Ahora, al instante, hueles a café recién molido. Un olor que aparece en escena sin buscarlo. No serás selectiva ni extremadamente exquisita; tampoco hoy pedirás demasiado. Te conformas con seguir el rastro oloroso, casi a tientas. Como si una mano invisible te hubiera atrapado con delicadeza y te empujara amablemente. Y ahora te encuentras ahí, parada, frente a un viejo café sin nombre porque tú ni siquiera lo aprecias. Un superviviente anónimo en una ciudad desconocida, que ni te quiere ni te deja de querer. ¿Te odia tal vez?. ¿Te ignora?. No es lo que te preocupa en estos momentos, sin duda.
Estás ya cruzando sus puertas sin preguntarte nada mas, para qué. Sin sospechar lo mas mínimo, sin miedo, despreocupada e indiferente. Ante ti un viejo bar, tal vez distinto a todos los demás y tú sigues sin apreciarlo. Igual a otros tantos de cientos por los que pasaste antes. Pero distinto. Madera de roble, con marcas por doquier, sobada de más; objetos de alpaca diseminados, granito pulido añejo y un ambiente cargado con objetos, todos ellos fechados, enmarcados y que cuentan parte de nuestro pasado. Manteles de encaje y flores secas de colores. Bajo tus pies mientras avanzas hacia la barra. No tienes otra posibilidad, el suelo cruje con alaridos de madera herida, tablas contra tablas que se abrazan para tratar de protegerse de tanto cliente insensible o distraído que las pisotean a diario. Pero tú sólo piensas en no tener que pedir otra cucharilla, deseas que esta vez no se te caiga al suelo, es uno de tus defectos más habituales. Sueles decir que tienes todos los defectos del mundo, y una sola virtud: la de saber reconocerlos todos y cada uno; la mayoría de las veces a tiempo. Esa humilde y sincera verdad siempre te acompaña porque así lo quieres tú. Lúa.
Ahora, ha llegado el momento de tus primeras palabras esta mañana. Ves un camarero, pajarita en cuello que le baila, paño en ristre, seguramente con tantos recuerdos como el viejo local, que mima cada vaso como a su primera novia. No te importa que su mirada pueda parecerte lasciva, es tan mayor que ya ni tendrá recuerdos libidinosos. Cara aguzada y reseca, tiene algunas escamas como las de un viejo lagarto. Nariz aguileña mozárabe. Planta estirada, de pellejos colgantes, fláccidos y arrugados. No tiene grasa ni siquiera en la suela de sus zapatos, aunque no alcances a verlos. No termina los afeitados como antaño. Sin duda teme a sus manos temblorosas. Hay un reguero de pelos diseminados por su barbilla que así lo atestiguan. Su aspecto no te impresiona porque tú has entrado a lo tuyo y nada más. Te lanza un seco y cortante “¿Qué va a ser señorita?”. Deseas un desayuno señorial, un desayuno VIP, que te mime, con vaso de agua helada incluido. Sin preguntas, sin miradas, sin intromisiones de ningún tipo. Y después, un adiós ligero que la ciudad es grande y el día acaba de comenzar para ti. Pero terminas pidiendo un café solo, sin más. Lo demás sería un esfuerzo que no estás dispuesta a soportar, incluida la leche. No soportarías tener que decidir si caliente, templada o fría.
Qué otra cosa podrías hacer en este café solitario, casi en penumbra. Ante un viejo camarero, casi seguro que amargado y cascarrabias, que no sabes muy bien cuáles son sus intenciones. Derrotada por la situación, una vez más, como tantas otras. Te alejas hacia una mesa lejos de la barra. Das la espalda y no te tiembla el pulso pero no estás orgullosa por lo que acabas de hacer. Te retiras en silencio, hoy de poco te sirven las mariposas que silenciosas parecen querer esconderse en tu pelo ya enredado, como siempre.
Amargo café en la penumbra más silenciosa. Y tú sigues con el pelo húmedo. Sigues siendo la misma de ayer, y sin embargo, tan diferente. Lo tomas de un solo trago como aquel viejo aceite de ricino pero sigues echando algo de menos en estos momentos. Tú también dices muchas veces que lo tuyo con el tabaco no es vicio. Es saber escoger el momento. Y ahora necesitas una de esas profundas caladas para tragarte todo lo que no eres capaz de decidir. Sólo fumas uno al día. Desde hace tiempo. Sin una costumbre fija. Siempre acabas escogiendo ese dichoso momento. Ahora toca uno. Tu mano se desliza hacia el bolso pero sabes que nunca llevas encendedor, y un sólo cigarrillo porque no te fías demasiado de ti. Eso forma parte de tu trato personal. Tu compromiso secreto contigo misma. Eres consciente de que no te levantarás a la barra a pedir fuego y eso hace que te revuelvas en la silla sin demasiados aspavientos. Hoy tampoco quieres llamar la atención.
Para tu sorpresa, antes de que sientas perdida una nueva batalla silenciosa. Cerca de ti escuchas un sonido familiar. Suave, con ligero ritmo y que identificas con facilidad. Alguien golpea con celeridad el teclado de un portátil en una mesa no muy lejana. No pedirías fuego hoy a nadie pero sabes bien que tus movimientos te han delatado por mucho que ahora trates de disimularlo, inútilmente.
Ves el humo que me rodea, tus ojos siguen su recorrido pidiendo a gritos ayuda. Nuestras miradas se han cruzado sin querer y no puedes evitar verme. Apenas puedo creer que no me hayas visto antes, pero yo también tengo ahora bastante con lo mío. Mi cortesía llega hasta ofrecerte, desde la distancia, mi encendedor de plata, pero tendrás que venir a mi mesa. Piensas que por hoy ha sido suficiente. Te levantas, esbozas una sonrisa artificial de cumplido y te acercas. Un desconocido te dará fuego y punto. Estas tan segura que sólo quieres inhalar un poco de humo, sin más. Veo cómo te acercas. Para mí, en estos momentos ni eres una mujer ni nada, tus curvas femeninas y más que apetecibles, pasan desapercibidas para mí, tu aspecto radiante, esa despreocupación tan colocada. Sin embargo, ahora para mí eres alguien, sólo alguien, sólo veo una persona, sin sexo, que se acerca a mí; le hago un favor simple y la cortesía parece que ha funcionado, una vez más.
Llegas en un segundo, atrapas tu deseado fuego y lo enciendes. Estamos a escasos centímetros, y al cruzar nuestras miradas, ocurre. Es ahora. Sin pensármelo te suelto a quemarropa que yo me encenderé otro . ¡Qué diablos !. Comienzo a pedir disculpas por mis modales. Nos presentamos. No tienes tiempo de reaccionar, y sin darte cuenta lo has consentido. Hoy tengo la impresión que te vas a saltar la norma con tu cigarro diario. Veo como miras, de reojo, mi cajetilla sobre la mesa. He tenido un día de los que se denominan “siniestro total”. Llevo un año trabajando para un asunto muy importante. Y hoy, en una hora de reunión con cuatro yupis me han destrozado el trabajo de cientos de horas. Se han permitido el lujo, además, de concederme media hora para que revise el maldito proyecto de fusión. Estos imbéciles se creen que soy otro yupi más, de los del montón. Se creen que estoy en estos momentos dándole vueltas a mi trabajo. Desesperado por el fracaso y el miedo al futuro. Estos no se enteran de nada. Mira Lúa, ahora que nos conocemos. ¿ Sabes lo que estoy haciendo ahora?. He abierto mi carpeta de documentos. Mis documentos, no el informe maldito. Y estoy escribiendo un poema. Sólo eso. Es lo único que pienso hacer en esta media hora. Y cuando vuelva a esa oficina, dentro de unos minutos, acabaré con ellos.

Noto que no te has asustado. No has salido corriendo. He estado demasiado impulsivo, un tanto agresivo si quieres. Pero no he podido evitarlo. Veo cómo te acercas y lees con atención mi poema, aún sin terminar. Tus gestos del rostro, el brillo de tus ojos, por cómo mueves tu cuerpo, me dice que te está gustando. Vuelves a retorcerte ligeramente, esta vez, asintiendo y con suavidad. Sigo de impulso en impulso. Me lanzo sobre las teclas y antes de que apartes tu mirada estás dentro del poema. Para siempre. No me sorprende nada que lo hayas aceptado de buen grado. No hemos podido evitar cruzar nuestras manos en muestra de agradecimiento. El frió gélido de tu mano no puede apagar el fuego y la furia de la mía. Pero hay algo que me dice que seremos amantes para siempre.

Para Lúa, cuando sea, será.
8 de Abril de 1992.



Posdata, tal vez un poco extensa, para tí, Lúa :

Varias cosas.
Si lees esta carta, que te entregará nuestro camarero favorito, ese viejo cascarrabias que no tiene edad, me gustaría que no volvieras a este café nunca más. Yo no podré hacerlo. ¿ Sabes... no?. No podré volver a este café ni a ningún otro, nunca más. Llevo meses ocultándotelo, te agradezco que no te dieras por enterada. Ha sido lo mejor.
Más cosas. Por cierto, aquel primer día volví a la reunión. Gané la partida. Acabé siendo el presidente de la empresa que se fusionaba al día siguiente. Es la que está enfrente, mira por la ventana. Cuando acabó la reunión volví aquí y escribí lo que supuse que nos había pasado aquel día del 8 de Abril lejano. Como habrás leído ya. Pero con el tiempo, el poder, la presión y la soledad me han derrotado. Para colmo la enfermedad ha hecho el resto.
Más cosas. Te agradezco que hayas sido mi amante durante todo este tiempo. Nunca supimos nada el uno del otro de nuestros pasados. No hubo necesidad de compromisos, de pactos en el aire, de largas explicaciones inútiles. Un día al mes en este café durante los últimos diez años. Sin preguntas. Sin mentiras. Sin verdades. Se que no nos debemos nada. Tú con tu soledad y yo con la mía. Pero nos amamos tanto... Sin embargo cuando un yupi rico muere, muere en solitario. Alguien tiene que ser su heredero. Nada está sujeto al azar entre nosotros. Es nuestro trabajo. Para cuando te haces rico, estás tan solo que no sabes ni qué hacer con el dinero ni a quién dejárselo. Ahora tú, Lúa, tienes todo lo que no he sabido saborear. Seguramente lo primero que pensarás es en romper esta carta. Lo sé. También pensarás que te estoy tomando el pelo. Cruza la calle y pronuncia tu nombre. Mis empleados te están esperando. No te molestes en renunciar al regalo. No es posible. Legalmente todo está controlado. Tienen todas las instrucciones.
Para terminar. Te estaré esperando eternamente si es que eso es posible. Me gustaría, además de poder creerlo, que realmente ocurriera. Pero mientras tanto busca otro poeta y procura que esta vez no sea yupi.
Lúa, sé feliz, para tí... por los dos.


19 de Agosto del 2.002

El vecino del 4º


Sin comentarios, esta vez también espero los vuestros.

Besos desde el otro lado de la luna.

Desde el otro lado de la ventana.