La Señorita Lucía era especial, no parecía ni de su propia casta.
Cuando veía aparecer a Carmen, su sirvienta, le brillaban los ojos como a una gata en celo. No podía evitarlo.
El momento que más le gustaba besarla, nada más verla, era cuando venía de alguna fiesta nocturna. El vino dulce, los pastelitos de crema y el cava la alborataban sus adentros. Dejaba un poco de carmín rojo sobre las mejillas de Carmen y a veces trataba de borrar la huella con uno de sus dedos mojado en saliva. Había que ver cómo introducía su dedo índice entre sus labios, lentamente, mientras sus caderas se contoneaban a ritmo.
A Don Fernando, su padre, no le gustaba, pero Lucía ardía por fuera y por dentro y no había manera de sujetarla.
- Lucía por Dios, los demás criados te podrían ver. Podrías tener cuidado al menos.
Las risas de Lucía se entremezclaban con el profundo olor de su perfume , las flores de patio andaluz miraban para otra parte, intentando pasar desapercibidas. A Carmen el corazón le sonaba como la máquina de coser desbocada. Don Fernando sacaba su pañuelo y disimuladamente procuraba secarse el sudor. En el Sur las noches, siempre, son muy largas.
El vecino del 4º
posdata: el amor no entiende de castas, de normas, de reglas...el amor no entiende de nada...se deja llevar por el fuego y lo arrasa todo... si no es así...no es amor...será otra cosa.